Rayando el sol



 Hace unas horas me encontré conmigo. Subimos al mismo autobús, subí primero con mi escandaloso ramo de rosas rojas que recién había comprado algunos metros atrás. Esa semana había sido horrible, un problema tras otro y otro y otro y otro… Al borde de la desesperación, corrí a mi actividad sabatina, me relajé todo lo que pude y volví a montar esa bestia infernal llamada vida.

Pagué mis nueves pesos correspondientes a una tarifa que sigo considerando absurda. Acomodé bien la mochila y me recorrí hasta el fondo. Un asiento a mitad del pasillo entre una señora con sus bultos y un bebe con cara de chango fue mi destino. Entonces aparecí de nuevo, subiendo las escaleras, pero esta vez pidiéndole por favor al operador que me permitiera cantar. Reconocí el ademan y cada una de las palabras que dijo, levanté la vista y la situación se puso extraña. Era yo, en una versión cantante y delgada, mi rostro, mi voz, mi canto. Los acordes de una canción que al principio no conocí empezaron a sonar, pronto la voz dijo “Rayando el sol, rayando por ti…” la canción que en más de quince años no me he podido sacar de la cabeza.   Mi otro yo canta con el sentimiento que reprimo. Sientes la tristeza y el dolor impreso, es un gran actor del método
(oh eh oh) “Rayando por ti…”

Canta la última parte de la canción, espera unos segundos y su guitarra entona de nuevo e invita a hacerle compañía en la siguiente nostalgia. “…a placer puedes tomarte el tiempo necesario, que por mi parte yo estaré esperando…” Vuelvo años atrás al zaguán negro de pie en la lluviosa noche a proclamar que al que te quiere lo bendigo y lo mucho que quiero que seas feliz… aunque no sea conmigo.  Caminar de regreso a lo incierto y trata de volver a empezar. Los gestos, el perfil, la caída del cabello y la mirada perdida en la lejanía del “
Je ne sais pas” remata sus dos canciones, hace un ademan de agradecimiento y vuelve al inicio del autobús para recolectar dinero, algunos le dan, otros ni siquiera dejan de mirar sus teléfonos “inteligentes”.

 El destino o quizá la suerte deciden que bajemos en el mismo lugar. Mi otro yo era más pequeño de estatura, pero con la habilidad de ser amable. Baje pisándole los talones y su gran sonrisa ni siquiera me notó. Camina al siguiente autobús y yo
fumo.

 









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