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El día que maté a Dios.

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  Jamás he recurrido a él no importa que tan alta me llegue el agua al cuello o la nariz; mejor aprendí a nadar. Pero ahí estaba, de pie tragándome el orgullo y optando por una posición más sumisa la del que sabe que necesita ayuda. Es áspero el nudo que dejo pasar por mi garganta para iniciar una petición, sin embargo el permanece parado ahí, indiferente.

Su rostro no refleja ninguna emoción, no es humano aunque lo parezca ni tiene sentimiento alguno, vagamente me presta algo de atención. Es muy probable que esa actitud me la haya ganado. Andar con devaneos nunca ha sido lo mío. Continúo con mi petición y sigo encontrando un muro que no escucha.
La desesperación se apodera de mí, parece que el lenguaje que hablo no es entendido o solo soy ignorado. Frustrante en verdad. Los largos silencios esperando una respuesta desesperan más, permanece estático, inmovible como una estatua, dudo que sea real, avanzo ese paso que nos separa, quizás mi presencia lo haga reaccionar, parpadear, respirar…